Las claves del éxito y el fracaso de las naciones

Gullo, Marcelo: “Insubordinación y desarrollo. Las claves del éxito y el fracaso de las naciones”; Editorial Biblos; Colección Politeia; 207 páginas; Ciudad Autónoma Buenos Aires; Argentina; octubre de 2012.

          Si la historia política está sumida por la tergiversación y el ocultamiento, la historia económica lo está mucho más. Este libro del historiador rosarino Marcelo Gullo, con prólogo del ex ministro de Economía y actual embajador en Francia, Aldo Ferrer, es un muy recomendable esfuerzo por aclarar muchas de esas tergiversaciones y muchos de esos arreglos. Se trata de un recorrido, a partir del Siglo XV, de los grandes desarrollos de las naciones que, como Portugal, Inglaterra, Francia, los Estados Unidos de América, Canadá y Corea del Sur, crecieron en el marco del impulso estatal y de cómo España, que desarmó las políticas industrialistas de estado en el marco de la conquista americana terminó con una interminable crisis. El libro comienza con un par de capítulos sobre el entorno internacional y las políticas de subordinación ideológica sobre las que se sientan las bases de la dependencia y concluye con otros dos en los que se analiza, en el marco de la actual crisis, la situación de los EUA y de la Unión Europea.

     “El análisis de la cuestión excede las posibilidades de una aproximación economicista”, señala Ferrer en su Prólogo, remarcando que es indispensable “incorporar los diversos planos que plantea la realidad en una perspectiva histórica de largo plazo”, cuestiones que repite Gullo en su Introducción. Ferrer también remarca que “la ciencia y la tecnología son los impulsores de la transformación y el crecimiento” y enfatiza la importancia de los logros de las viejas civilizaciones del Oriente. El autor omite esos procesos y arranca directamente con la etapa de transición del Medioevo a la modernidad cuando Portugal “se lanza a la audaz y riesgosa aventura de avanzar al sur, a través del Atlántico”, a partir de 1415 gracias al desarrollo, financiado por el estado, de la carabela, la nave tecnológicamente más avanzada de su época.

     Gullo cita como, tras su crecimiento, los problemas internos de Portugal hicieron que firmase en 1703 el Tratado de Methuen con Inglaterra donde se intercambian vinos lusitanos por manufacturas británicas. Este tratado, aunque el autor, seguramente por economía de espacio no lo dice, fue en buena medida la base del financiamiento de la Revolución Industrial en Gran Bretaña a partir de la apropiación del oro descubierto en Minas Gerais, Brasil. Aunque tampoco se señala, dicho tratado es la base de cuestiones básicas que David Ricardo desarrolló en cuanto a las ventajas comparativas en sus “Principios de Economía Política y Tributación”, de 1817.

     La contracara fue España que abandonó, tras la muerte de Isabel I y Fernando V, la industrialización impulsada en el Reino de Aragón, en Euskadi (aunque no se trata en el libro el caso euskaro), y en buena parte de Castilla a partir de la llegada al gobierno de Carlos I y su reprimarización de la economía en acuerdo con los señores de la Mesta, los grandes propietarios de los rebaños de ovejas cuya lana se vendía a los industriales textiles de los Países Bajos, fundamentalmente. Un tema muy importante para el futuro de Hispanoamérica, incluso tras las independencias de comienzos del Siglo XIX, ya que esos mismos fueron los criterios aplicados.

    Mientras ello sucedió en España en Inglaterra ya desde el reinado de Eduardo III (1327-1377), quién asumiera a los 15 años, se prohibió la importación de textiles flamencos para desarrollar la industria local, se controló la exportación de lana y se obligó a toda la corte, comenzando por el propio monarca, a utilizar ropa elaborada en el país. El autor fue destacando en el texto los diversos mecanismos proteccionistas aplicados por los sucesivos gobernantes, en particular por Isabel I, respecto de la cual hay que añadir, a todo lo allí expuesto, la importancia de su Ley de Pobres de 1601 que convirtió a una gran cantidad de campesinos desalojados de la tierra en obreros fabriles. Gullo, además, recuerda lo importante que fue la decisión de Carlos II de promover y financiar la actividad científica para lograr el desarrollo económico.

     También es muy interesante la reivindicación del guillotinado monarca francés Luis XVI, aquél del cual Alexis Henri Clérel, vizconde de Tocqueville, dijo que fue la víctima de los disparates de su antecesor Luis XV, contra los que él, posteriormente, hizo serios esfuerzos por desarrollar el país. Gullo hace hincapié en la desacertada política económica de los revolucionarios de 1789 y levanta las ideas de Napoleón Bonaparte que llegó a poner seriamente en jaque el imperio comercial británico al cerrarle la mayor parte de los mercados a través del bloqueo continental europeo.

     Asimismo en el caso estadounidense muestra la confrontación de la nueva burguesía nacional con sus viejos amos británicos y los procesos proteccionistas seguidos. Deja en claro que la guerra civil (1861-1865) no fue por la esclavitud sino por el control del comercio algodonero al punto de que los esclavos fueron liberados cuando la guerra hace rato había comenzado. Dicha guerra implicó la liberación definitiva de los negocios de la ex metrópoli.

     En cuanto al caso canadiense muestra un proceso de independencia económica pacífico jugando en medio de las presiones directas o implícitas que se ejercían desde Londres y desde Washington. Es un tema particularmente interesante porque destaca las similitudes originales con la Argentina y las diferencias estratégicas esenciales que hicieron que ambos países tuvieron un desarrollo tan disímil y para lo cual la estrategia ferroviaria resultó tan trascendente. Nada de “país abanico”, como llamó Alejandro Ernesto Bunge a la Argentina, sino líneas transversales, que uniesen el Pacífico con el Atlántico.

   Por último se refiere al caso de Corea del Sur al que considera como “el milagro” producido por un “caso testigo” donde el desarrollo no fue el resultado de la aplicación de políticas liberales a partir de la guerra de 1950 a 1953 con Corea del Norte en la que participaron fuerzas de numerosos países. Por el contrario, Gullo deja en claro que se trató de un esfuerzo basado en el proteccionismo y la gran intervención estatal como impulsora de la industrialización. En su relato resulta paradigmático el ejemplo de los castigos aplicados por el presidente Park Chung-hee a 13 grandes empresarios por sus actos de corrupción y tras encarcelarlos los liberó cuando se obligaron a encarar grandes desarrollos industriales, a pesar de lo cual los mismos debieron desfilar con sombreros de burro por las calles de Seúl portando carteles con leyendas tales como “soy un cerdo corrupto”.

    Por Fernando del Corro. Docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y miembro del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.