No será que nos gusta la inflación?

InflacionGusta

Por Eduardo Mario Costamagna *

Reproducimos esta nota escrita para el Diario La Opinión de Pergamino y publicada el 5 de setiembre de 2010 y posteriormente, en este mismo sitio. Puede comprobarse que la vigencia de la misma es directamente proporcional a la persistencia de este mal en Argentina. Nos animó a reproducirla las declaraciones del Presidente Macri de mediados del mes pasado: "Al principio la inflación es como algo agradable, como una borrachera que produce cierto placer, pero cuando se acumula en el tiempo genera una distorsión de precios"

 La inflación alta debe ser motivo de preocupación en Argentina, toda vez que los consumidores podemos apreciar un aumento constante y general en los precios de bienes y servicios, especialmente aquéllos que integran la canasta familiar. Es que anteriores procesos similares en nuestra historia económica reciente, devinieron en inflación muy alta e hiperinflación con las consecuencias nefastas para la economía en su conjunto, que finalmente se resuelve con devaluación del signo monetario, donde los sectores mayoritarios de asalariados y jubilados resultan los más perjudicados.

Viendo hacia atrás los anteriores procesos de inflación alta/muy alta en nuestro país, las devaluaciones que les sucedieron y las respectivas etapas post devaluación, es interesante tender una línea de reflexión, a partir de una pregunta bien simple: ¿A los argentinos nos gusta la inflación?. Un cuestionamiento no muy frecuente y que, vale la pena aclarar, surge desde la observación periodística y no de la mente de un economista, cuya función es -en tal caso- establecer teorías pertinentes sobre el fenómeno y recomendar soluciones.

La pregunta de marras tiene su jugo para exprimir y la respuesta (positiva) tiene su fundamentación. La primera de ellas es que una vez que no hicimos como país lo que siempre debemos hacer a la fuerza como individuos, es decir no gastar más de lo que recaudamos, la alternativa “se viene una devaluación” termina siendo esperada como un mal menor en medio de los números rojos y hasta como una bendición para los sectores de la economía que producen bienes exportables.

Es entonces, la devaluación de nuestro signo monetario lo que “pone en marcha otra vez la rueda de la economía” la que mágicamente hace que otra vez se note “movimiento” y la que, entre otros justificativos, permite la competitividad de nuestras industrias en los mercados internacionales, con el consiguiente aumento de las exportaciones y el ingreso auténtico de divisas.

Luego el gobierno de turno tiene que poner una serie de parches en la economía después de la devaluación, una especie de estafa que, claramente, perjudica a la gran mayoría de los argentinos que son los que tienen ingresos fijos por sueldos o jubilaciones. De allí vienen los subsidios, principalmente a las tarifas de los servicios públicos que se ajustan tan bruscamente como el porcentaje devaluatorio y que impactan tan fuertemente en los sueldos que tardan algo más en reacomodarse a las nuevas reglas del juego.

Para financiar esas compensaciones, más aun cuando no se dispone de crédito, se debe hacer otra jugada lógica, una vez metidos en el juego, que es quitar al que tiene para darle al que no tiene. Es la lógica irrefutable de las retenciones a las exportaciones de productos primarios (entre ellos la importante soja, claro) que el productor las sufre como si lo visitara el mismísimo Robin Hood y que el Estado lo toma como una Cruzada, ya que fue el poder mismo del Estado el que le dio, en este caso al productor, la posibilidad de triplicar el valor de venta de lo que produce (lo de triplicar viene por la última devaluación).

Es cierto que la depreciación de nuestro signo monetario activa la economía y también produce un aumento de sueldos y jubilaciones y todo va mejor por cierto tiempo. También comienza a funcionar la sustitución de importaciones y nuestros productos exportables se “cargan” de competitividad, aumentan las ventas al exterior, ingresan divisas, se engrosa el superávit comercial y, en definitiva, se pone en marcha la rueda de la economía, por cierto tiempo. Es el tiempo que duran esas ventajas hasta que la inflación las va erosionando y los sueldos pierden  poder adquisitivo y las exportaciones competitividad.

La economía argentina se encuentra ahora en medio de ese proceso. No extraña que uno de los políticos más prominentes de la actualidad, el sindicalista Hugo Moyano, se parara hace poco en el medio de la discusión y dijera que la inflación existe pero que está controlada. Uno también quiere creer que está controlada. La Administración Kirchner también debe creerlo porque sigue adelante con su política de incentivo al consumo sin temor a un recalentamiento de la economía.

Creo que con la inflación nos ocurre lo mismo que con algunos parientes a los que siempre criticamos pero, en el fondo, nos caen simpáticos. O, si usted prefiere, la inflación para los argentinos es una especie de droga que debemos tomar en ciertas circunstancias para volver a sentirnos bien y olvidarnos que hacemos las cosas mal.

Esta misma analogía serviría para plantearnos seriamente cuál es la “sobredosis” de inflación, teniendo en cuenta también que muchas economías del mundo, sólidas aun en la crisis, conviven con inflación. Algunos creemos que nuestra dosis actual es demasiado alta. No importa que esté controlada. Es demasiado alta teniendo en cuenta el peligro de una recaída y una vuelta a la misma historia de siempre, la que ya conocemos.

Estoy convencido de que nos gusta la inflación, aunque nos cueste reconocerlo. Sera cuestión de pensar seriamente en atacar las causas que la provocan en una economía que es poco importante para las pretensiones de sus ciudadanos. Todos queremos vivir mejor y está bien desearlo. Pero hay que trabajar para una economía más sana, desarrollada y sustentable, la que quedará alejada automáticamente de los riesgos inflacionarios.

Un oficialismo que sigue incentivando el consumo como impulsor del crecimiento, a toda costa y mirando de reojo el calendario electoral; una oposición más bien criticando deterioros que son de todos y con no tantas propuestas de solución; sindicalistas y empresarios defendiendo lo que con justicia consideran les pertenece, pero que en cierta forma no existe; y agentes económicos comprando bienes durables, atesorando dólares, subsistiendo o en la pobreza, según en la escala social dónde se encuentren, no parece ser un combinación distinta a las que ya conocimos.

Mientras no se encaren los cambios estructurales y de fondo en nuestra economía, lo que significará reconocer con claridad nuestras limitaciones y también aprovechar nuestro potencial, creo que vale la pena encender luces amarillas contra el riesgo de la inflación, la que se nota que “nos gusta pero puede hacernos mucho mal”, como diría la letra de algún tango argentino.

* Originalmente publicada en el Diario La Opinión de Pergamino el 5/9/2010

PUBLICADO EL 25/10/2010

REPUBLICADO EL 14/10/2016